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El verano pasado Servas me dio la oportunidad de vivir una de las experiencias20140804 191607 más increíbles de mi vida. Del 16 de Julio al 13 de Agosto de 2014, casi un mes, inicié un viaje que me llevó a recorrer todo Israel y un poco de Jordania. El motivo inicial de aquel viaje era hacer un SYLE, pero debido al desafortunado panorama político-social (el conflicto con Gaza), tuve que replantear el viaje entero una vez llegué allí. En total, visité unas nueve ciudades y me acogieron ocho familias Servas.

Jerusalén - Hogla - Haifa - Arad - Meitzpé Ramon - Eliat - Jordania - Tiberias - Tel Aviv

Jerusalén.

Fue mi primer destino, allí me acogió la coordinadora joven de Israel, Reut Harel, quien me había motivado a realizar el viaje cuando la conocí un año antes en el encuentro internacional joven que tuvo lugar en Alicante, mi ciudad.

Reut me presentó a algunos amigos con los que visité, al día siguiente, el casco antiguo; un lugar en el que conviven comunidades de distintas religiones y en el que se hallan monumentos mundialmente famosos como el muro de las lamentaciones, la torre de David, la tumba de Jesús, etc. Una de las calles famosas por las que pasé fue la “Vía Dolorosa”, por donde Jesús había cargado la

 

cruz. Sin duda fue dolorosa, ya que unos tenderos consiguieron timarme. Como iba sola y todavía no manejaba el cambio de shéckels a euros, me atraparon con su palabrería hasta que me sacaron el dinero. Yo no fui consciente de lo que había pasado hasta que me alejé de la tienda, entonces comencé a llorar de frustración conmigo misma, pero me di cuenta de que me habían dado una gran lección en la vida de la que tenía que aprender para futuros viajes.

Otra anécdota un poco más divertida de aquella visita fue cuando entré en el muro de las lamentaciones. Iba acompañada esta vez por dos amigos de Reut y teníamos que pasar antes por un control de seguridad. Todo iba bien hasta que a uno de ellos lo retuvieron por llevar en su mochila un cuchillo tan grande como un brazo. Al parecer el chico trabajaba en el campo y se había olvidado sacarlo de la mochila. Afortunadamente, nos dejaron pasar al rato sin demasiados problemas.

Al día siguiente me aventuré sola por Jerusalén, quería conocer la sinagoga más grande, Haklem Slomo, pero me dijeron que seguramente no podría entrar ya que la ropa que llevaba no me tapaba lo suficiente. Aun así fui y me encontré con la puerta principal entornada, por dentro todo estaba vacío y nadie me impidió el paso. De normal, las mujeres no tienen acceso a la zona del altar, por lo que me sentí muy afortunada de poder ver bien toda la sinagoga.

Pero no todo fueron paseos turísticos, por la noche Reut me invitó a una fiesta muy chula en medio de la montaña. Había sofás, dj y bebidas, la gente hablaba en hebreo pero me lo pasé igual de bien.

La mañana siguiente llegaron sus padres, Nirit y Yossi, con su hermano Guy, mis siguientes anfitriones. Como era Sabbat (sábado) todo estaba cerrado, no había ni gente ni coches por la carretera; sin embargo, fuimos a una antigua estación de ferrocarril transformada en un arenero que estaba lleno de familias.

Por la tarde me llevaron a su casa donde me enseñaron algunas palabras en hebreo como “laila tov” (buenos días) o “boquer tov” (buenas noches). La familia Harel me ayudó a planificar el resto de mi viaje y a contactar con las familias, fueron mis guías y se preocuparon por mí durante todo el viaje, les estoy muy agradecida.

Hogla.

A la mañana siguiente, llegué en bus a un Mussab (barrio) en Hogla, donde conocí a Nirit y su familia.20140728 190737 Nada más llegar me llevó a visitar la fábrica de miel de su cuñado, que me enseñó todo el proceso, me dejó catar los diferentes tipos de miel y me regaló un bote.

Durante mi estancia hice un trabajo de voluntariado en una tienda vegana. Toda fruta y verdura era ecológica, así que tuve que lidiar con un montón de arañas. Pero aun así me encantó trabajar ahí, era un sitio muy tranquilo. Recuerdo que siempre encendíamos la radio y que solo sonaban canciones tristes por la guerra. Pero ellos eran muy simpáticos y no paraban de darme comida que ellos mismos hacían. Una de mis compañeras era de origen sefardí y decía que su abuela hablaba en español antiguo y que podía entenderla, pero que a mí no me entendía cuando hablaba en castellano.
Estuve allí tres días, una tarde Nirit me llevó a la playa. Era un paisaje precioso, sin edificios alrededor y donde pude recoger caracolas enormes. Recuerdo que un hombre desconocido me vio y, al cabo de un rato, vino a darme unas caracolas preciosas y grandes –aunque creo que tuvo el detalle porque se pensaría que estaba embarazada, ya que ese día me había pegado un atracón y estaba bastante hinchada.

Otra tarde Nirit me llevó a un kibutz donde enseñaban en un taller a jugar al “bridge”. Al parecer era un juego muy complicado ya que se pasaron 30min dando instrucciones en hebreo, por lo que no entendí nada. Pero cuando empezaron a jugar no quería quedarme sin hacer nada y me uní a una partida, logrando que mi equipo ganara el juego una vez, lo cual fue muy divertido porque todos se sorprendieron. En general, fueron unos días muy tranquilos que me dieron mucha paz interior.

Haifa.

Al cabo de los tres días la familia Harel me llevó hasta Haifa, aprovechando que iban a hacer una visita a su abuela. Por el camino me fueron contando curiosidades de Israel. También me llamaba la atención que en cada farola hubiera una bandera israelita, sin duda se trata de un país muy nacionalista. Además, la mili allí es obligatoria, aunque a nadie parecía importarle. Era sorprendente ver a jóvenes de mi edad por la calle cargando metralletas como si de bolsos se trataran, estaban por todas partes; una vez me subí a un autobús con mucha gente y, como los militares tenían preferencia, me hicieron sentarme en el suelo, donde una militar desde su asiento, con la metralla sobre sus piernas, me apuntaba descuidadamente a la cabeza –yo solo esperaba que tuviera el seguro puesto. Todos estaban muy orgullosos de su armada, de hecho, por el camino vimos un bar de carretera donde unos voluntarios daban comida gratis a los militares.
Me llevaron también a un curioso pueblo en el que solo habitaban artistas, donde hasta las papeleras eran una escultura y había obras de arte en cada esquina.

Finalmente llegamos a Haifa y, después de una rápida visita turística, fuimos a comer con su abuela que vivía en una residencia para supervivientes del Holocausto. La mujer era muy agradable y me contó su historia.

Después de ello, llegamos a casa de Erica Hoffer, que tenía una casa con unas vistas preciosas a la montaña. Yo era su primera huésped, así que me llevó a dar un paseo por la playa de Haifa y a ver un mini concierto en la plaza, las calles estaban a rebosar de vida.

A la mañana siguiente Erica me dio unas instrucciones de cómo llegar a Akko, una ciudad fortificada en la que se habían asentado los Templarios y los otomanos, entre otras civilizaciones, por lo que tenía un estilo arquitectónico muy variado. Sin embargo, todos los carteles estaban en árabe o en hebreo, me encontraba muy perdida y no sabía cómo llegar al puesto de información.

Yo caminaba aparentando estar segura de a dónde iba para no parecer perdida, hasta que se acercaron dos jóvenes a preguntarme cómo llegar a la oficina de información. Se pensaron que yo era de ahí, cuando al final resultó que los israelitas eran ellos, que vivían en Haifa y estaban visitando Akko. Fue una suerte porque me pude unir a ellos en nuestra búsqueda de la oficina de información y descubrir todos los secretos de la fortaleza, que tenía acueductos subterráneos, baños turcos, museos, etc. De vuelta en Haifa me invitaron a salir con ellos por la noche, pero me volví después de cenar porque al día siguiente tenía que madrugar para visitar el templo bahista.

Me apunté a una visita gratuita y guiada que hacían por sus jardines sagrados. De todo mi viaje sin duda ese fue el lugar más hermoso, se trataba de unos jardines que ocupaban toda una cara de la montaña. Con mil lámparas que iluminaban cada rincón por la noche y fuentes que creaban cascadas desde la cima hasta el pie de la montaña. Podías encontrar las flores más exóticas y ni un solo arbusto estaba descuidado.

Ante aquella visión no faltaban las poses y las cámaras de todos los turistas. Pero había un chico asiático en especial que estaba empeñado en hacerse una foto en cada esquina. Como yo iba sola y también necesitaba a alguien que me hiciera fotos le ayudé en su tarea y nos hicimos amigos. Se llamaba Daniel e iba acompañado de un danés y una californiana, todos eran jóvenes que estaban estudiando un curso de verano en Jerusalén. Me fui a comer con ellos y pasamos el día juntos, caminamos un montón buscando museos que estaban cerrados hasta llegar a la playa. Cogimos un teleférico que te subía a la cima del monte Carmel, en la que se situaba una iglesia preciosa.

Allí nos separamos. Como me alojaba en la cima pensaba que estaba al lado de la casa, pero después de hora y media subiendo cuestas me di cuenta de que probablemente me encontraba en otra montaña. Como estaba desorientada y cansada decidí coge un taxi que me dejó más o menos cerca de la casa, lo cual fue todo un logro teniendo en cuenta que como el conductor no sabía una sola palabra en inglés, nos comunicábamos mediante sonidos extraños.

Esa fue mi última noche en Haifa, mi siguiente destino estaba mucho más al sur, al lado del Mar Muerto.

Arad.

En Arad me acogió la familia Redlich. El padre tenía como hobby la escultura, por lo que su casa estaba llena de figuras increíbles. Nada más llegar viví un momento muy especial para la familia, ya que Adi, la hija mayor, iba a adoptar un perro. Nunca antes había estado en una perrera así que me impresionó ver a todos los perros arrimándose a la verja intentando tocarnos. Finalmente escogió un cachorrito color crema monísimo.

Ya por la tarde, cuando no pegaba tanto el Sol, me llevaron a bañarme al Mar Muerto. Fuimos Ronit, la madre; Yuval, la hija menor; y una amiga suya. Yuval era más o menos de mi edad, era revitalizante encontrar por fin a Servas jóvenes. Nos llenamos todo el cuerpo de barro y nos metimos en el agua, aunque era más bien como nadar en aceite. El agua estaba tan salada que se prohibía bucear; recuerdo que una gota me salpicó en el labio y me sentí como si me hubiera tragado un salero.

A los al rededores no se veía ningún tipo de vegetación, estaba todo lleno de montañas enormes. Encima de que el agua estaba caliente, el ambiente era caluroso. Teniendo en cuenta que me situaba en el punto terrestre más bajo de la Tierra, era como bajar al mismo infierno.

Aunque para infierno al que fui al día siguiente. En medio de todo ese paraje muerto, en lo alto de una montaña estaba Masada, una misteriosa ciudad construida en la época de los romanos en la que todavía reina el misterio de cómo consiguieron sobrevivir importando recursos tan vitales como el agua y los alimentos.

Para subir tuve que coger un teleférico. Después de pagar el ticket me di cuenta de que no me quedaba dinero para el bus, pero decidí ocuparme de eso luego y disfrutar de la visita. La subida fue asombrosa, tenía todo el vehículo para mi sola. Los Redlich me habían dado una botella de agua congelada y, en menos de una hora, la botella estaba calentucha.
Cuando regresé de la montaña vi a mi autobús saliendo y el siguiente no pasaba hasta horas después, por lo que bajé por una cuesta corriendo desesperadamente. Todos los del autobús me miraban y, finalmente, el conductor paró, por lo que me morí de la vergüenza cuando el conductor me dijo que ese no era mi autobús.

Me senté entonces a esperarlo en la parada donde vino una japonesa que seguramente me vería cara de deshidratada y me ofreció unas uvas, algo muy inteligente para llevar pues mantenían el jugo fresco. Me hice amiga de ella y me dejó los dos shéckels que me faltaban para el bus (que conste que eso no es ni medio euro).

Por la tarde, la familia Redlich me llevó a dar una vuelta por los alrededores y me llamó mucho la atención ver camellos en total libertad, e incluso señales de tráfico que advertían de su presencia. Ya por la noche Yuval me llevó a una fiesta en casa de sus amigos. El carácter de los jóvenes israelitas era muy mediterráneo, muy abierto, y me recordó mucho al de mis amigos. La gente era tan cálida como el clima, mi siguiente parada se situaba en medio del desierto del Negev.

Meitzpé Ramon.

El pueblo de Meitzpé Ramon se situaba en lo alto de un cráter natural, por lo que las vistas eran impresionantes. Al llegar a Meitzpé Ramón surgió un problema, por fallos de comunicación no me había enterado de que la familia que me tenía que acoger no podía. Me quedé entonces en casa de una señora Servas retirada que a pesar de su avanzada edad estaba preparando todo un viaje a Australia, con deportes acuáticos de riesgo.

No obstante, estuve en contacto con la familia inicial. Yaakov, que era el marido, se dedicaba a enseñar tiro con arco en un campamento de estilo indio-árabe precioso. Nos llevó a mí y a otros tres chicos a practicar por el desierto, no era el típico ejercicio de acertar a una diana a 50 metros, las dianas estaban dibujadas con piedras en el suelo y tenías que apuntar a ellas desde muy lejos, fue una experiencia relajante e inolvidable.

Al día siguiente me adentré en el desierto. Mi plan era seguir una ruta con vegetación que me habían aconsejado, pero me bajé en la parada equivocada y la mujer del puesto informativo me dijo que el camino que había desde ahí no era recomendable hacerlo sola, teniendo en cuenta que era el medio día. Pero como no había llegado hasta ahí para nada, me compré en el McDonalds unas hamburguesas y botellas grandes de agua y me fui yo sola. Conforme pasaron las horas buscaba huequecitos con sombra en las montañas, pero siempre que encontraba uno se me acercaban avispas. Tuve que bajar un precipicio y meterme en unos juncos, en los que vi una culebra muerta, por donde tenía que pasar agachada, pero tenía que seguir las balizas y llegar a algún sitio antes de las siete, que era hasta cuando permitían a la gente estar en el desierto. Afortunadamente, llegué a un laguito a modo de oasis donde encontré a una familia que me pudo acercar en jeep al pueblo más cercano. La familia llevaba dos colchones en el jeep donde se subieron los niños pequeños mientras el coche daba tumbos por las montañas.

Al día siguiente bajé al cráter con uno de los chicos con los que hice tiro con arco, que se alojaba en el campamento haciendo trabajo voluntario y por la noche me quedé con ellos en el campamento a ver las estrellas fugaces. Al estar situada a muchos kilómetros de distancia de cualquier ciudad grande el cielo entero se cubría de estrellas, la vía láctea se distinguía sin problemas.

Otra cosa curiosa de aquel lugar es que se situaba al lado de la mejor base militar de Israel, en la que hacían ensayos con metralletas y bombas, por lo que si no sabías que ahí había una base militar pensabas que tenías la guerra al lado.

Eilat.

De camino al Mar Rojo, Yaakov nos condujo a mí y al chico con el que bajé al cráter, que también tenía que ir a Eilat, hasta la mitad del camino porque perdimos el autobús, y el resto lo hicimos en autoestop con un chico muy simpático que viajaba solo.

Una vez llegamos lo que más me impresionó de Eilat era que en un solo paisaje se podían ver cuatro países distintos: estando en Israel tenías a la derecha Egipto, a la izquierda Jordania y, al otro lado del Mar Rojo, podía verse Arabia Saudí.

Sin embargo, nada más salir del coche me quemé con la llanta y comprendí que hasta entonces nunca había sabido lo que era pasar calor. Afortunadamente, el albergue (en esta ciudad no me quedé con ningún Servas) estaba a 10 min de la playa y, aun así, era imposible no pararse a beber dos o tres veces por el camino, creo que nunca me había gastado tanto dinero en botellas de agua.

Pasé la mañana con mi amigo del campamento hasta que por la tarde me reencontré con Daniel, el australiano-asiático que había conocido en Haifa, y fuimos a hacer deportes de agua, cogidos sobre una colchoneta, una lancha nos arrastraba por el agua. Era curioso porque, al ser un mar pequeño en el que cada orilla era de un país, podían verse barcos militares con metralletas y radares para controlar que nadie accedía al país ilegalmente.

Quedé con Daniel en cruzar la frontera para ir a Petra, en Jordania, pero yo quería quedarme un día más en el Mar Rojo, así que quedamos en Accaba, la ciudad jordana al otro lado de la frontera y ya ir juntos a Petra. Ese día llegó al albergue un chico de Barcelona y enseguida nos hicimos amigos. Me contó que estaba viviendo en un kibutz justo al lado de Gaza y que en los fines de semana viajaba porque era insoportable, siempre estaban metidos en los refugios, escuchando las noticias y oyendo bombas y metralletas, pero las que él escuchaba no eran de prueba como las del campamento…

Esa noche fuimos al centro, que estaba lleno de luces y tenían hasta una feria, luego cenamos en una barcaza abandonada en la playa y, al día siguiente, fuimos a una playa en la que el agua era totalmente transparente y nadaban un montón de peces de todos los tamaños y colores. Pero tuvimos que despedirnos pronto, él se tenía que volver al kibbutz y yo a Petra.

Jordania.

En Jordania viví unos días muy intensos. La gente me había dicho que debía ir toda tapada e ir con mucho cuidado sin llamar la atención pues se trataba de un país árabe, pero si algo aprendí en este viaje fue a no hacer caso de los prejuicios de la gente. El caso es que me preparé para cruzar la frontera: entre los pantalones bombachos largos, las zapatillas deportivas, las gafas de Sol y el fular en la cabeza lo raro hubiera sido pasar desapercibida.

Estaba esperando en la puerta de un Hotel a mi amigo cuando el recepcionista me dijo que mejor le esperara dentro. Al rato, el recepcionista me dijo que si podía hacerme una pregunta personal, confusa le dije que claro y entonces me preguntó que porqué llevaba el pañuelo en la cabeza. Le dije que me habían dicho que debía taparme y entonces él se rió diciendo que nadie me iba a mirar mal por ir vestida como quisiera, mientras no fuera excesivamente provocativa. Me sentí tonta, pero me tranquilizó un montón descubrir que las personas de a pie no son tan extremistas como pensamos que pueden ser al fijarnos en estereotipos.

Al rato llegó mi amigo con un taxista que había conocido el día anterior para llevarnos a Petra. A mitad de camino paró el coche en el desierto y fuimos a saludar a un beduino que se había construido una tiendecita donde nos invitó a té. Todo estaba envuelto en alfombras y telas, tenía un halcón y una foto del rey de Jordania a modo de altar. Como parte del paripé me puso un burka y se puso a ordeñar a los camellos. Al irnos le dimos una propina y las gracias.

Fue al llegar a Petra donde las cosas se torcieron un poco. Al bajar del taxi yo quería pagarle directamente, pero el taxista, como quería hacer negocio, insistió en que no le pagará hasta la tarde, para asegurarse de que me llevaba de vuelta, a pesar de haberle dicho que no estaba segura de si volvería aquel día. De todas formas, yo pensaba que Petra era un pueblecito pequeño que se tardaba en visitar un par de horas, por lo que podría volver pronto. Pero no podía estar más equivocada, conforme nos adentramos en aquella antigua ciudad excavada en la roca fueron pasando las horas y para cuando nos quisimos dar cuenta estábamos a kilómetros de la entrada. Los llamados “hombres cueva”, nos llevaron en burro hasta la cima, a una de las mejores vistas del planeta, donde me invitaron a té en un pequeño campamento que tenían montado.

Me hablaron de su estilo de vida, la mayoría se ganaba la vida con los turistas y, aunque tenían prohibido vivir en las cuevas, muchos pasaban ahí las noches durmiendo al aire libre. Andaban por las montañas como cabras, sin ningún miedo. Les dije que a mí también me gustaba hacer montañismo, así que me llevaron a escalar arriba del monasterio para ver la puesta de Sol. El monasterio era una estructura toda cavada en la roca, cuando subí a la cúpula vi que todo era aún más grande de lo que parecía desde abajo. Sabía que debía de volver con el taxista, pero ¿cuantas veces se tiene la oportunidad de ver la puesta de sol desde la cúpula del monasterio de Petra, acompañada de un beduino?

De pronto se hizo de noche y tuvimos que bajar a oscuras la empinada montaña que habíamos subido en burro. De camino otro grupo de beduinos nos invitó a comer sandía, y cuando ya estábamos llegando a la entrada vimos que estaban haciendo un espectáculo con miles de velas encendidas iluminando el famoso Tesoro de Petra, un espectáculo que, casualmente, solo hacían una vez a la semana.

Fue un día maravilloso, supuse que el taxista ya se habría ido, puesto que cuando aún era de día había conseguido que un jordano me dejara su móvil para llamarle y le dije que aún me quedaba mucho rato para bajar. Sin embargo, nada más salir todo un grupo de policías me interceptó y me llevó a la comisaría.

Por suerte los policías fueron muy educados y resolvimos la disputa con el taxista sin demasiado problema. Aún con todo, una vez fuera de comisaria el taxista continuó discutiendo conmigo en la calle, con la suerte de que en el bar de al lado estaba sentado un hombre muy respetable en Petra. Se trataba de una autoridad social, a quién muchos acudían a pedir consejo, no sé muy bien qué tipo de cargo tenía. Aquel señor, Abdullah, nos dijo que nos acercáramos y le explicáramos nuestro problema. Una vez terminamos el té, el taxista se fue y él nos llevó a conocer un manantial que salía de una roca sagrada. Nos llevó en su jeep de asientos tapizados por toda la ciudad y nos presentó a su familia en su casa. También se puso la túnica de oro con la que solía saludar al rey de Jordania.

Al día siguiente, nos llevó a un castillo antiquísimo en ruinas, todavía conservaba algunas columnas y habitaciones. Tenía unos túneles que conectaban la cima de la montaña con su base. Después de 20min descendiendo en absoluta oscuridad decidimos volver, aquello daba miedo.

Nuestra próxima parada fue la casa de su amigo, donde nos prepararon una especie de paella enorme. En esos tipos de casa árabe, los invitados solo podíamos acceder a un salón/ recibidor, me llamó la atención la obediencia que tenían sus hijos, que nos servían la comida. Recuerdo que no paraban de echarme té en el vaso y yo cada vez que me lo tomaba, por cortesía ya que no me gusta, me lo rellenaban; seguramente vieron mi cara de apuro y me dijeron que si no quería más no debía dejarlo en la mesa, simplemente mover el vaso con la mano.

Más tarde, mi amigo se fue y Abdullah se ofreció a llevarme desde Petra a la frontera. Por el camino, paramos por el desierto a tomar té. El hombre sacó del maletero un maletín enorme lleno de herramientas para preparar un buen té. Me llevo un gran recuerdo de él.

En la frontera, los guardas jordanos eran tan simpáticos que se quisieron hacer una foto conmigo, mientras que los guardas israelitas fueron muy desagradables; eché de menos Jordania desde el momento en que puse un pié fuera de ella.

Tiberias.

Pero la marcha continuaba, mi siguiente destino era el Mar de Galileo y yo quería comprobar si, al igual que Jesucristo, podría caminar sobre sus aguas. Desgraciadamente no pude, pero sí que pude conocer a Uri Afarsemón, mi siguiente anfitrión Servas. Uri era un jubilado experto en acupuntura, además del librero de su barrio, es una persona muy interesante.

Me llevó a visitar una ciudad que acababan de descubrir los arqueólogos al remover la tierra para levantar una iglesia. Los voluntarios de esa orden católica ayudaban en la excavación y enseñaban el proyecto a los turistas.

Luego fuimos al río Jordan, donde grupos de gente acudían para bautizarse, vestidos con túnicas blancas. Pero lo más interesante del río era que estaba a rebosar de peces, de esos que te quitan las pieles muertas. Si te quedabas quieta los más pequeños se acercaban y cubrían tus piernas, luego había peces más grandes de casi un metro de largo. Por último fuimos al mar de Galilea, que en realidad era un lago. Nunca me había bañado en un lago, era exactamente igual que bañarse en el mar pero con agua dulce.

La parada duró poco pero fue provechosa. El final de mi viaje se acercaba, Me dirigí a Tel Aviv a pasar mi último fin de semana en Israel.

Tel Aviv.

La casa de mis últimos anfitriones era de dos pisos, dejando el de abajo para invitados, pues estaban muy acostumbrados a recibir huéspedes. Cuando llegué estaban acogiendo a tres mujeres japonesas que acudían a presentar su obra en una exposición de arte.

Al llegar, me fui a visitar el precioso paseo marítimo de Tel Aviv, toda una atracción turística. Dio la casualidad de que Daniel iba a estar ahí ese mismo día, por lo que me lo encontré en la playa y fuimos a visitar el casco antiguo; una zona donde todas las casitas estaban hechas de ladrillos, lo cual desentonaba con los rascacielos y la modernidad del resto de la ciudad.

Aquella noche era la cena del Sabbat (sábado, el día sagrado para los judíos), por lo que encendieron unas velas antes de comer, eran una familia encantadora. Al día siguiente fui con el hijo mayor, Itai, de dieciséis años, a visitar un museo acerca de la cultura judía. Después de ello íbamos a volver andando, pero las distancias eran mucho más largas y cuando nos dimos cuenta estábamos por una autovía, luego por un mini desierto con dunas, hasta que llegamos a una playa privada y, siguiendo la orilla, llegamos reventados a la playa central. Fue toda una excursión.

Al día siguiente Itai y yo cogimos un tren para Jerusalén, pues me había quedado con ganas de ver el museo más importante de Israel, un lugar precioso con esculturas enormes en sus jardines, que tenía desde obras arqueológicas a cuadros famosos o vestidos de boda judíos. Cuando terminamos la visita no teníamos ni idea de qué autobús coger para llegar a la estación, los letreros estaban en árabe y hebreo por lo que estaba muy desorientada. No se cómo conseguimos llegar con intuición y preguntando a los conductores.

En fin, el viaje se acababa y me acompañaron al aeropuerto, tenía que volver al otro lado del mediterráneo. Todas las familias que me acogieron fueron muy solidarias conmigo e hicieron que tuviera experiencias inolvidables.

En este viaje aprendí a ser independiente y no temer perderme, además de aportarme un gran reflejo de la cultura judía y musulmana.

Mar Ferré.

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